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Libertad Religiosa - Vida pública y creyentes

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Capilla rural cerca de Montevideo (Uruguay)Es conocido que Uruguay es uno de los países con mayor tradición laicista del mundo. En la tradición constitucional de este país se ha puesto especial énfasis en la ausencia de cualquier símbolo religioso en el espacio público. Solo se salvó la enorme cruz que preside la céntrica plaza de Tres Cruces, porque ante ella celebró Misa el Papa San Juan Pablo II. Tuvo que intervenir el Presidente de la República para pedir que se conservara por el recuerdo de un hecho histórico para el país, como fue la primera visita del Romano Pontífice.

Parecía que esto podía cambiar un poco gracias a la petición oficial hecha por un grupo de fieles de Montevideo y apoyada por el Arzobispo de la ciudad, el Cardenal Daniel Sturla, de instalar una talla de la Virgen en un jardín público, en la Playa del Buceo, un lugar privilegiado de las afamadas Ramblas de la capital uruguaya, a orillas del Río de la Plata. Desde hace tiempo muchos fieles acuden a rezar el Rosario a este lugar y en días señalados organizan una procesión.

Sin embargo, la Junta Departamental decidió no avanzar con esta propuesta. El motivo expresado antes de la votación por los que se opusieron fue salvaguardar el laicismo del país. Como lo expresó un edil, si se aprobara esta iniciativa, “transformaríamos un lugar neutral de todos los montevideanos en un lugar de culto”. Una fue más explícita: “fue la laicidad la que nos permitió la convivencia respetuosa entre extraños, a diferencia de lo que pasa en otros países”, señaló.

Ya han señalado otros la hipocresía de estos argumentos, porque en Montevideo hay en una plaza una estatua de Yemanyá, la diosa del mar en el culto umbanda, y sus seguidores realizan una procesión en las playas todos los años el 2 de febrero, sin que ninguna autoridad pública cuestione la laicidad del Estado por ello. Incluso el portal oficial de turismo de Montevideo, que debería ser neutral ante el hecho religioso, promociona esta fiesta como un atractivo turístico. Pero me parece que hay un trasfondo de más hondura que el simple agravio comparativo.

Es cierto que las autoridades públicas deben mostrarse neutrales ante el hecho religioso y que deben fomentar la tolerancia y el respeto mutuo, pero detrás de estos argumentos se esconde una visión muy reductiva de la laicidad. Como si el único modo de mantener la neutralidad y el respeto entre los creyentes fuera recluir el hecho religioso al ámbito privado.

El papel de la autoridad es garantizar la manifestación pública de la fe de los creyentes. Se trata de una exigencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (cf. art. 18). Es posible restringir este derecho en una situación excepcional, pero convertir esta limitación en un principio constitucional, constituye una discriminación a los creyentes, y en el caso de Montevideo, a los católicos.

Es cierto que a veces se han cometido horrendos crímenes en nombre de la religión, pero la solución a este problema no es prohibir a todos los creyentes expresar públicamente su fe. Es como si impidieran a todos los hinchas de fútbol exhibir sus banderas y símbolos, porque un exaltado comete un grave delito por fanatismo en el fútbol. Por cierto, si algo caracteriza a Latinoamérica es la ausencia de conflictos religiosos, siendo en esto ejemplar en un mundo convulsionado por fanáticos religiosos. Desgraciadamente no se puede decir lo mismo de los conflictos futbolísticos. Sería bueno que lo tuviera en cuenta la edil montevideana que usó los conflictos religiosos como excusa.

Ciertamente no es necesario que se instale esta estatua en la playa del Buceo, pero sí es importante que se garantice la libertad religiosa y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

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