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Recordando el comunismo

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Este mes, pero hace quince años, el mundo fue testigo de la caída del símbolo más importante del Comunismo. Mientras los guardias permanecían al margen, los berlineses se congregaban frente al Muro que había dejado una cicatriz en su ciudad desde los años de los sesenta y, haciendo suya la recomendación de Ronald Reagan a Mikhail Gorbschev, empezaron a derribarlo.

Cuando se habla de siglos, quince años no parecen ser mucho tiempo. Es extraordinario, sin embargo, la rapidez con la que la concienciación de la gente acerca de los regímenes Marxistas se ha disipado de la memoria pública. Millones de gentes conocen de las atrocidades cometidas por los Nazis. Relativamente pocos han oído de los millones de gentes encarcelados, torturados y asesinados por los sistemas Comunistas. Todavía menos conocen acerca de los fieles Cristianos Ortodoxos, Protestantes y Católicos Romanos que sufrieron a manos de la opresión Marxista.

Lo que la gente sabe es que el Comunismo fue un desastre económico. Ya en los tempranos años veinte, los economistas más sabios argumentaban que las economías dirigidas nunca podrían funcionar. Era, simplemente, imposible, señalaban, que un grupo de planificadores estuvieran al tanto de toda la información acerca de lo que la oferta y demanda daban a conocer en las economías libres a través del mecanismo del precio.

Sin embargo, a pesar de las deficiencias económicas, el Comunismo avanzó pesadamente, sostenido por la corrupción, la apatía y, sobre todo, el miedo. A menudo y a pesar de no tener acceso a la satisfacción de las necesidades materiales esenciales, millones permanecieron atemorizados por los métodos terroristas empleados por los regímenes Comunistas—métodos que los caracterizan por ser tan criminales como los Nazis.

Es tentador creer que las calamidades económicas del Comunismo fueron los responsables de su colapso. La persistencia del Comunismo en Corea del Norte y Cuba, sin embargo, sugieren que un sistema económico empantanado en el anquilosamiento no es garantía de que los tiranos perderán el poder.

Bajo esta luz, empezamos a entender que 1989 representó no simplemente la admisión de la bancarrota económica del Comunismo. Más fundamentalmente, el colapso del Comunismo a lo largo de la Europa Central Oriental fue el resultado de una revolución moral—una insurrección forjada por el Cristianismo y sus demandas no negociables de que todos los gobiernos declaren y confirmen la dignidad intrínseca de la persona humana.

Las raíces de esta insurrección pueden encontrarse en la lucha de la Iglesia Católica en Polonia para mantener su libertad y proclamar una visión del hombre bastante diferente de la que articulaba el Marxismo. No es de extrañarse que los grises y fríos hombres del Kremlin, según el reporte, perdieran su color por la conmoción al escuchar que un Polaco había sido electo a ocupar la Silla de Pedro.

Desde ese momento, la Europa Central Oriental fue sometida inexorablemente a una llamada a la libertad—una libertad que no tiene nada en común con la autonomía hedonista tan incesantemente promovida en Europa Oriental desde los años sesenta. Por el contrario, esta fue una llamada a una libertad fundada en la verdad acerca de la persona como la misma imagen de Dios.

Fue un mensaje que le dio a la gente el valor de levantar sus cabezas y hacer a un lado su sentimiento de humillación; que les recordó su dignidad y que el estado existía para ellos y no ellos para el estado. Era un mensaje que les decía que la libertad religiosa era una deuda del estado para con ellos; que poseían lo que Juan Pablo II llamó “el derecho a la iniciativa económica;” y que las estructuras políticas Comunistas -ya fueran de variedad Leninista, Maoísta, Latinoamericana o Africana- eran absolutamente incompatibles con la libertad humana auténtica.

Nadie va a morir voluntariamente por la eficiencia o la utilidad. La gente dará sus vidas, sin embargo, por el amor o la libertad. No existe testimonio más grande de esta disposición a rechazar el mal que los millones de Cristianos que se congregaron para ver al Papa Juan Pablo cuando visitó Polonia en 1979. Al final, la única forma con la que el Comunismo se enfrentó con el consecuente deseo de los Polacos para vivir en la verdad fue declarar un “estado de guerra” y ordenar a su ejército invadir su propio país en Diciembre de 1981. Sin embargo, en los siguientes 8 años, uno de aquellos individuos encarcelados por los Comunistas, se convirtió en el primer no-Comunista en ocupar el puesto de Primer Ministro de Polonia desde la Segunda Guerra Mundial. Tal fue el impacto de la revolución moral de la Europa Central Oriental.

Quince años después, la libertad en Europa se encuentra nuevamente en estado de sitio. La decadencia de la economía de la Europa Oriental refleja, seguramente, la poca voluntad de muchos gobiernos Europeos de tomar la libertad económica seriamente. La libertad política también está bajo ataque de lo que no es sino un fundamentalismo secularista que permite a los anteriores funcionarios Comunistas convertirse en comisionados de la Unión Europea, mientras tratan a los Cristianos, que cortés pero firmemente se rehúsan a disfrazar su fe, como si fueran el equivalente de Osama Bin-laden.

Claramente, mientras que la Unión Europea está muy lejos de degenerarse y convertirse en uno de los sistemas Comunistas del pasado, las tendencias totalitarias permanecen con vida a través de Europa. Pero si la muerte del Comunismo nos enseña algo, es que la gente de esperanza tiene razón al creer que la libertad fundada en la verdad acerca del hombre vence consistentemente a sus oponentes-sean ellos de la variedad Marxista, Nazi o secularista fundamentalista-. Porque la libertad auténtica engendra vida, mientras que el totalitarismo es el camino a la muerte. Y la vida nos permite florecer como debiéramos. Una cultura de la muerte, por el contrario, lleva en sí misma las semillas de su autodestrucción.

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