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La República Española fue acogida con alegría y esperanza por mucha gente, también por bastantes católicos. La Iglesia actuó desde el primer momento con lealtad al nuevo orden legal. Sin embargo, desde la proclamación de la Segunda República Española a la Iglesia Católica se la identificó con el viejo régimen. La Iglesia Católica, sin embargo, se esforzó desde el primer momento en aceptar el cambio de régimen. De hecho, los obispos pidieron a los católicos que aceptaran el nuevo orden constituido; los Obispos proclamaban, monarquía y república caben en la doctrina católica (1). Muchos de los católicos intentaron colaborar sinceramente con el nuevo régimen. Desde los obispados se dieron instrucciones a los sacerdotes para que no intervinieran en cuestiones políticas. Por ejemplo, desde el Obispado de Gerona se dirige la siguiente instrucción a los sacerdotes apenas cuatro días después de la proclamación de la República:

1º Procuren los reverendos sacerdotes no mezclarse en contiendas políticas, a tenor de los sagrados cánones.

2º Permanezca cada uno en su puesto, cumpliendo celosamente las funciones propias de su cargo; y en cuanto a la predicación, eviten las alusiones directas o indirectas al estado actual de cosas, desempeñando ese importante ministerio con la más exquisita prudencia.

3º Guarden con las autoridades seculares todos los respetos debidos y colaboren con ellas, por los medios que les son propios, en la prosecución de sus nobles fines (2).

Ejemplos como el anterior se pueden citar prácticamente de todos los lugares de la geografía española (3). Sin embargo, menos de un mes después de la proclamación de la Segunda República Española existieron episodios de anticlericalismo, como la quema de conventos e iglesias ocurrida el 11 de mayo de 1931 (4). En este lamentable episodio se acusó al gobierno republicano de connivencia (5). Hasta tal punto, que el general Gómez García Caminero, gobernador militar de Málaga, llegó a enviar un telegrama a Madrid que indicaba escuetamente:

Ha comenzado el incendio de iglesias. Mañana continuará (6).

También en Jerez de la Frontera hubo disturbios. A las 8 de la mañana empiezan los asaltos: arden el convento de San Francisco, el Carmen, San Ignacio... Al llegar a Santo Domingo, los dos jefes al mando de la tropa no aguantan más y ordenan lanzar los caballos contra los revoltosos. Fue una decisión acertada. Los alborotadores se dispersaron y desaparecieron por entre las calles, terminando así los disturbios sin ningún daño personal. A los dos jefes la decisión les costó la carrera (7).

También se expulsó de España a los jesuitas a raíz de la Constitución de 1931, que preveía la disolución de «aquellas órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado» (artículo 26, párr. 3). La disolución se llevó a cabo el 24 de enero de 1932. Los jesuitas optaron en su inmensa mayoría por el exilio de su país (8).

Durante la llamada Revolución de Asturias de 1934 uno de los objetivos de los sublevados fueron los religiosos. En esta ocasión la saña anticlerical llegó a las consecuencias más graves, pues fueron asesinados varios religiosos. Entre ellos destacan los nueve Hermanos de las Escuelas Cristianas de Turón.

Especialmente agitado fue el periodo entre febrero y julio de 1936, en el que -en medio de grandes desórdenes de todo tipo que el gobierno no zanjó- se destruyeron o profanaron 411 iglesias y hubo más de 3000 atentados graves de carácter político y social.

El propio Manuel Azaña, presidente de la República, describía así la situación en una carta privada:

Creo que van más de 200 muertos y heridos desde que se formó el gobierno, y he perdido la cuenta de las poblaciones en que han quemado iglesias y conventos (...) Ahora vamos cuesta abajo, por la anarquía persistente en algunas provincias, por la taimada deslealtad de la política socialista en muchas partes, por las brutalidades de unos y otros, por la incapacidad de las autoridades, por los disparates que el «Frente Popular» está haciendo en casi todos los pueblos, por los despropósitos que empiezan a decir algunos diputados republicanos de la mayoría. No sé, en esta fecha, cómo vamos a dominar esto (9).

Como ejemplo del grave deterioro de la libertad religiosa en este periodo, he aquí un testimonio de primera mano del asalto a un colegio de religiosos, el colegio de los marianistas de Cádiz el 8 de marzo de 1936:

A la una y media irrumpió una turba de unas sesenta fieras, capitaneada por un pistolero. Atraviesan el patio en tromba, llegan al comedor de los chicos y cada cual se arma con un cuchillo de mesa... un interno pequeñín esperaba impaciente a sus padrinos. Al oír el timbre de la entrada, don Isidoro se levantó y al percatarse de lo que pasaba, arrastró a los internos más pequeños hasta la puerta... Requerí al jefe de la banda, presentándome como el director del colegio e invocando mi responsabilidad con los chicos. Abrevio los improperios, empellones y barbaridades. Entre tanto muchos pudieron huir... Arrancaron el teléfono y lo estrellaron contra el suelo; la misma suerte corrió el crucifijo de mi despacho y algunos cuadros.

El jefe de la banda y algunos otros hicieron objeto de amenazas especiales, pistola en la sien, a tres de nosotros. Simplemente creí que el padre Constantino [Fernández], que iba de sotana, moriría asesinado. Fue un momento atroz. En esto entró en el patio un teniente de asalto con unos números... El efecto fue mágico... Los asaltantes bajaron mansamente; otros, entre ellos el jefe, se escaparon disimuladamente. Rogué que atendieran a los chicos, que de este modo pudieron irse. Otro de los pistoleros se separó de las filas y, cogiéndome del brazo, me dijo: ‘no delates a nadie porque te asesino después, que te tengo fichado’. En esto el jefe volvió a entrar tranquilamente por la puerta principal como ajeno a todo (...).

La gente seguía entrando y con ellos varios dirigentes socialistas y comunistas, ante los cuales los grupos pedían a gritos comenzar el registro para buscar la armas. El saqueo comenzado no habría de terminar sino cinco o seis horas después. Se presentó un delegado del gobernador y más dirigentes y nos dijeron que venían con orden de calmar y encauzar. Lo cierto es que no sirvieron más que para autorizar un saqueo más a fondo... No dejaron rincón, puerta o colchón sin abrir o registrar. Excusado es decir que las cosas volaban por balcones y ventanas; imágenes dentro del colegio quedaron pocas intactas... La Iglesia no la tocaron: es monumento nacional y cuna de la Constitución de 1812 (10).

Ni qué decir tiene que no se encontró ninguna arma.

También le puede interesar: La Constitución laicista radical y anticlerical hostil de la Segunda República Española
y Los mártires de la Guerra Civil Española.

Notas

(1) Así, el Cardenal Pedro Segura, Primado de España, en una Carta Pastoral del 30 de abril de 1931: "podéis discutir noblemente cuando se trate de la forma de gobierno de nuestra noble nación" en Antonio Montero Moreno, "Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939". BAC, Madrid, 1999, p. 24.

(2) Instrucción del gobernador eclesiástico de Gerona a todos los sacerdotes de la diócesis en el Boletín Oficial de la diócesis del 18 de abril de 1931, en Antonio Montero Moreno, ''Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939". BAC, Madrid, 1999, p. 24.

(3) El Cardenal Pedro Segura, Arzobispo de Toledo y Primado de España, en la Pastoral ya citada en la que indicaba que los católicos pueden discutir sobre el régimen político, advierte del peligro de anarquía que -en su opinión- había; además, elogió el sistema monárquico anterior. Algún autor ve en ello los inicios de la hostilidad hacia el nuevo régimen republicano, y afirman que esta pastoral encendió los ánimos de la multitud que el 11 de mayo incendió iglesias. Dicen que el 10 de mayo desde un local monárquico sonó la Marcha Real hacia la calle, lo cual fue una provocación que degeneró en los sucesos del día siguiente. En este sentido, Manuel Tuñón de Lara, Tres claves de la Segunda República. Alianza Editorial S.A. Madrid 1985, p. 233. No nos detenemos a argumentar esta visión tan particular. Es un insulto a la inteligencia atribuir la exaltación de las masas a una provocación de un cardenal porque emitió su opinión varios días antes; semejante postura indica incluso una falta a la libertad religiosa porque insinúa que los eclesiásticos no deberían dar su opinión. Más aún pretender que el sonido de un himno desde una ventana provoca a las masas al día siguiente a quemar decenas de iglesias, cuando en el momento de sonar el himno no pasó nada. Peor aún es esta postura porque se ha demostrado la inoperancia del gobierno, como se ve más abajo.

(4) En Madrid se quemaron 10 iglesias o centros de religiosos, y hubo asaltos frustrados a otros 16. Hubo quemas también en Valencia, Sevilla, Málaga, Córdoba, Cádiz, Murcia y Alicante. Además de las pérdidas materiales en los edificios, hay que lamentar la destrucción de valiosas obras de arte: solo en Madrid se perdió una urna de plata repujada que contenía los restos de san Francisco de Borja; un Lignum Crucis procedente de la casa ducal de Pastrana regalo del Papa; el sepulcro del siglo XVI del teólogo Diego Lainez, primer discípulo de San Ignacio de Loyola; un retrato del fundador de la compañía de Jesús pintado por Sánchez Coello y un Zurbaran. Se perdió la biblioteca de la residencia de los jesuitas, con más de 80.000 volúmenes, entre ellos incunables irremplazables y primeras ediciones de las obras de Lope de Vega, Quevedo, Calderón o Saavedra Fajardo. También se quemó, en el Instituto Católico de Arte e Industrias, la biblioteca del centro, formada por más de 20.000 volúmenes, entre los que se encontraban ejemplares únicos de la Germaniae Historica y el Corpus Inscriptorum Latinarum, además de toda la obra del paleógrafo García Villada, formada por más de 40.000 fichas y sus correspondientes fotografías de archivos de todo el mundo. La suma de ambas bibliotecas representaban el mayor patrimonio bibliográfico en España después de la Biblioteca Nacional. En otras ciudades también se quemaron importantes obras artísticas e históricas.

(5) Miguel Maura, ministro de la Gobernación en el momento de suceder estos hechos, reconoció la pasividad del gobierno: discurso en el Cine de la ópera el 10 de enero de 1932. Citado por J. Tusquets, Orígenes de la Rvolución española, Barcelona 1932, pág. 105 y ss.

(6) Citado por Francisco Narbona, La quema de conventos. Publicaciones Españolas, Madrid 1954, p. 17. Este mismo ordenó personalmente a los bomberos que habían acudido a sofocar el incendio de la casa de los jesuitas en Málaga que se retiraran, y luego dio la misma orden a los guardias civiles que acudieron. Los bomberos asistieron impotentes al incendio del edificio y la iglesia aneja. Fue tal el escándalo al conocerse estos hechos que el general Gómez García Caminero y el gobernador civil, ausente durante esos hechos, fueron destituidos.

(7) Cf. José María Salaverri, Madrid, verano de 1936. Miguel Léibar y compañeros mártires. Ed PPC, Madrid 2007, p. 217.

(8) Sin embargo, a lo largo de los cinco años de régimen republicano pudieron volver gracias a cierta tolerancia. Sus actividades no pudieron realizarse sino en privado. Hay 114 jesuitas entre los mártires de la guerra.

(9) Carta de Manuel Azaña, jefe del gobierno, a su cuñado Cipriano de Rivas Cherif de 17 de marzo de 1936. Cita tomada deJosé María Salaverri, Madrid, verano de 1936. Miguel Léibar y compañeros mártires. Ed PPC, Madrid 2007, p. 118-119.

(10) Carta de don José Maeztu, director del colegio San Felipe Neri de Cádiz al Inspector de los marianistas, escrita unos días después de los sucesos. Citada en José María Salaverri, Madrid, verano de 1936. Miguel Léibar y compañeros mártires. Ed PPC, Madrid 2007, pp. 119-120.

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